sábado, 8 de septiembre de 2012

George Sand (Amandine-Aurore LucilleDupin, Baronesa de Dudevant) a Gustave Flaubert 14 de septiembre de 1871



Y que, ¿quieres que deje de amar? ¿Quieres que diga que he estado equivocada toda mi vida, que la humanidad es despreciable, odiosa, que siempre lo ha sido y siempre lo será? ¿Y tú desprecias mi angustia como una debilidad y un pesar pueriles por una ilusión perdida? ¿Afirmas que la gente siempre ha sido feroz, el sacerdote siempre hipócrita, el burgués siempre cobarde, el soldado siempre bandolero, el campesino siempre un estúpido? Dices que has sabido todo eso desde tu juventud y te regocijas por no haberlo dudado nunca, porque la madurez no te haya traído ninguna decepción; ¿es que no has sido joven? ¡Ah!, somos totalmente diferentes, porque yo nunca he dejado de serlo, si ser joven es amar siempre.
¿Qué, entonces, es lo que quieres que haga, para aislarme a mi misma de los de mi clase, de mis compatriotas, de mi raza, de la gran familia en cuyo seno mi propia familia no es más que una espiga en el campo de toda la tierra? ¡Si al menos esta espiga pudiera madurar en un lugar seguro, si al menos una pudiera, como tú dices, vivir para algunas personas privilegiadas y separarse de las demás!
Pero es imposible, y tu razón, tan sensata, se lanza a levantar las más irrealizable de las utopías. ¿En que edén, en que fantástico el dorado esconderás a tu familia, tu pequeño grupo de amigos, tu felicidad intima, para que las laceraciones de la sociedad y los desastres del país no le alcancen? Si quieres ser feliz con algunas personas, ellas, las preferidas de tu corazón, tienen que serlo por sí mismas. ¿Y pueden? ¿Puedes darles la más mínima seguridad de ello?
¿Encontraras un refugio para mí en mi vejez que está acercándose a la muerte? ¿Y qué diferencia hay ahora entre la vida y la muerte para mi misma? Supongamos que morimos absolutamente, o que el amor no nos sigue a la otra vida, ¿no seremos capaces de vivir hasta nuestro último aliento atormentados por el deseo, por la necesidad imperiosa de asegurar a aquellos que dejamos detrás toda la felicidad posible? ¿Podemos irnos a la cama tranquilamente cuando sentimos la tierra agitada dispuesta a tragarse a todos aquellos por los que hemos vivido?
Una vida feliz continuada con la propia familia, a pesar de todo, es sin duda un bien relativamente valioso, el único consuelo que uno puede y debe disfrutar. Pero incluso suponiendo que el mal exterior no penetrase en nuestra casa, lo cual es imposible, tú lo sabes muy bien, no podría aprobar la aceptación de la indiferencia hacia lo que causa la infelicidad publica.
Todo eso estaba previsto…Si, ciertamente, ¡lo había previsto tanto como cualquier otro! Vi levantarse la tormenta.
Era consciente, como todos los que no viven sin pensar, de la evidente aproximación del cataclismo. Cuando uno ve al paciente retorciéndose en la agonía, ¿hay algún consuelo en entender su enfermedad completamente? Cuando cae el rayo, ¡nos tranquilizamos porque hemos oído el estrepito del trueno mucho tiempo antes?
No, no la gente no se aísla, los lazos de sangre no se rompen, la gente no maldice ni desprecia a su clase. Humanidad no es una palabra vana. Nuestra vida se compone de amor y no amar es dejar de vivir.

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