Monsieur:
Los seis meses de silencio han seguido su curso. Hoy es 18 de
noviembre; mi última carta estaba fechada (creo) el 18 de mayo. Por eso puedo
escribirle sin faltar a mi promesa.
El verano y el otoño se me han hecho muy largos; a decir
verdad, han sido necesarios dolorosos esfuerzos por mi parte para mantener
hasta ahora la abnegación que me impuse a mí misma. Usted, Monsieur, no puede
concebir lo que significa; pero imagínese por un instante que uno de sus hijos
fuera separado de usted, a 160 leguas, y que usted tuviera que estar 6 meses
sin escribirle, sin recibir noticias suyas, sin oír hablar de él, sin saber
nada de su salud, y entonces entenderá fácilmente toda la severidad de una obligación
así.
Le digo francamente que he intentado olvidarle durante estos
meses, porque el recuerdo de una persona a quien uno no cree que pueda volver a
ver de nuevo y a quien, sin embargo, se tiene gran estima, atormenta demasiado
la mente; y cuando uno ha sufrido ese tipo de ansiedad durante un año o dos, está
dispuesto a hacer cualquier cosa para reencontrar la paz. Yo lo he intentado
todo; he buscado ocupaciones; me he negado a mi misma por completo el placer de
hablar de usted, ni siquiera a Emily; pero no he sido capaz de superar ni mis
pesares ni mi impaciencia. Lo cual, de hecho, es humillante: ser incapaz de
controlar los propios pensamientos, ser esclava de un pesar, de un recuerdo, la
esclava de una idea fija y dominante que
gobierna despóticamente la mente. ¿Por qué no puedo recibir tanta amistad de
usted, como usted de mi, ni más ni menos? Entonces estaría tan tranquila, tan
libre, que podría mantenerme en silencio durante 10 años sin esfuerzo.
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