sábado, 15 de septiembre de 2012


Este fue uno de los primeros poemas que me hizo amar la poesía  a mis 9 años, sollozaba de dolor y sentía una herida. Hoy sé, que era la percepción mágica de un futuro tormentoso en el amor.

No quiero que te vayas
dolor, ultima forma
de amar. Me estoy sintiendo
vivir cuando me dueles
no en ti, ni aqui, mas lejos:
en la tierra, en el año
de donde vienes tu,
en el amor con ella
y todo lo que fue.
En esa realidad
hundida que se niega
a sí misma y se empeña
en que nunca ha existido,
que sólo fue un pretexto
mío para vivir.
Si tú no me quedaras,
dolor, irrefutable,
yo me lo creería;
pero me quedas tú.
Tu verdad me asegura
que nada fue mentira.
Y mientras yo te sienta,
tú me serás, dolor,
la prueba de otra vida
en que no me dolías.
La gran prueba, a lo lejos,
de que existió, que existe,
de que me quiso, sí,
de que aún la estoy queriendo.

Yo no necesito tiempo
Para saber cómo eres:
Conocerse es el relámpago.
¿Quién te va a ti conocer
En lo que callas, o en esas
Palabras con que lo callas?
El que te busque en la vida
Que estás viviendo, no sabe
Más que alusiones de ti,
Pretextos donde te escondes.
Ir siguiéndote hacia atrás
En lo que tú has hecho, antes,
Sumas acciones con sonrisa,
Años con nombres, será
Ir perdiéndote. Yo no.
Te conocí en la tormenta.
Te conocí, repentina,
En ese desgarramiento
Brutal de tiniebla y luz,
Donde se revela el fondo
Que escapa al día y la noche.
Te vi, me has visto, y ahora,
Desnuda ya del equivoco,
De la historia, del pasado,
Tú, amazona en la centella,
Palpitante de recién
Llegada sin esperarte,
Eras tan antigua mía,
Te conozco tan de tiempo,
Que en tu amor cierro los ojos,
Y camino sin errar,
A ciegas, sin pedir nada
A esa luz lenta y segura
Con que se conocen letras
Y formas y se echan cuentas
Y se cree que se ve
Quien eres tú, mi invisible.
P. Salinas

Pedro salinas – La voz a ti debida

Ahí, detrás de la risa,
Ya no se te conoce.
Vas y vienes, resbalas
Por un mundo de valses
Helados, cuesta abajo;
Y al pasar, los caprichos,
Los pronto te arrebatan
Besos sin vocación,
A ti, la momentánea
Cautiva de lo fácil.
“¡Que alegre!”, dicen todos.
Y es que entonces estás
Queriendo ser tú otra,
Pareciéndote tanto
A ti misma, que tengo
Miedo a perderte, así.
Te sigo. Espero. Sé
Que cuando no te miren
Túneles ni luceros,
Cuando se crea el mundo
Que ya sabe quien eres
Y diga: “si, ya sé”,
Tú te desataras,
Con los brazos en alto,
Por detrás de tu pelo,
La lazada, mirándome.
Sin ruido de cristal
Se caerá por el suelo,
Ingrávida careta
Inútil ya, la risa.
Y al verte en el amor
Que yo te tiendo siempre
Como un espejo ardiendo,
Tú reconocerás
Un rostro serio, grave,
Una desconocida
Alta, pálida y triste,
Que es mi amada. Y me quiere
Por detrás de la risa.
LA VOZ A TI DEBIDA
Versos 285 a 309
¿Por qué tienes nombre tú,
día, miércoles?
¿Por qué tienes nombre tú,
tiempo, otoño?
Alegría, pena, siempre
¿por qué tenéis nombre: amor?
Si tú no tuvieras nombre,
yo no sabría qué era
ni cómo, ni cuándo. Nada.
¿Sabe el mar cómo se llama,
que es el mar? ¿Saben los vientos
sus apellidos, del Sur
y del Norte, por encima
del puro soplo que son?
Si tú no tuvieras nombre,
todo sería primero,
inicial, todo inventado
por mí,
intacto hasta el beso mío.
Gozo, amor: delicia lenta
de gozar, de amar, sin nombre.
Nombre: ¡qué puñal clavado
en medio de un pecho cándido
que sería nuestro siempre
si no fuese por su nombre!

sábado, 8 de septiembre de 2012


Me regocijo entre hechos pasionales llenos de locura en la oscuridad de mi habitación.
Desearte, sentirte mía, tenerte cerca para explicarte las desventuras de mi enamoradizo corazón, que tiene como norte conocer y conquistar los rincones solitarios de tu alma.
No miento, a decir verdad, tengo el fabuloso don de echar todo a perder en lo que relaciones se refiere, por esta razón querida mía, no le pido una que no podamos mantener. 
Solo quisiera su compañía una o 2 noches al mes, hablar amenamente, tener entre mis brazos a una mujer soñadora que lee, es todo un reto. Y como cada reto debo superarlo este no será la excepción.
Para hablarle un poco de mi, debo decir que estoy marcada por una soledad constante, una soledad llena de pasajes mitológicos, encuentros con el cosmos, nunca he podido sentirme duraderamente feliz, siempre esa felicidad efímera se ve empañada por sucesos antagónicos en esta historia que aun me decido a escribir. Suelo perder la cabeza por mujeres de sonrisa tierna, buen hablar y un hermoso par de piernas para besar, justo la descripción más precisa para usted.
Y ahora es una certeza, mi locura esta empapada de su ser.

E. Herrera
¿Como voy a detenerte con
palabras desnudas, promesas
pegadas entre si con sangre,
o con el olor de amar
un recuerdo distante?

Joy Harjo

Charlotte Bronte a Constantine Heger 18 noviembre de 1845



Monsieur:
Los seis meses de silencio han seguido su curso. Hoy es 18 de noviembre; mi última carta estaba fechada (creo) el 18 de mayo. Por eso puedo escribirle sin faltar a mi promesa.
El verano y el otoño se me han hecho muy largos; a decir verdad, han sido necesarios dolorosos esfuerzos por mi parte para mantener hasta ahora la abnegación que me impuse a mí misma. Usted, Monsieur, no puede concebir lo que significa; pero imagínese por un instante que uno de sus hijos fuera separado de usted, a 160 leguas, y que usted tuviera que estar 6 meses sin escribirle, sin recibir noticias suyas, sin oír hablar de él, sin saber nada de su salud, y entonces entenderá fácilmente toda la severidad de una obligación así.
Le digo francamente que he intentado olvidarle durante estos meses, porque el recuerdo de una persona a quien uno no cree que pueda volver a ver de nuevo y a quien, sin embargo, se tiene gran estima, atormenta demasiado la mente; y cuando uno ha sufrido ese tipo de ansiedad durante un año o dos, está dispuesto a hacer cualquier cosa para reencontrar la paz. Yo lo he intentado todo; he buscado ocupaciones; me he negado a mi misma por completo el placer de hablar de usted, ni siquiera a Emily; pero no he sido capaz de superar ni mis pesares ni mi impaciencia. Lo cual, de hecho, es humillante: ser incapaz de controlar los propios pensamientos, ser esclava de un pesar, de un recuerdo, la esclava de una  idea fija y dominante que gobierna despóticamente la mente. ¿Por qué no puedo recibir tanta amistad de usted, como usted de mi, ni más ni menos? Entonces estaría tan tranquila, tan libre, que podría mantenerme en silencio durante 10 años sin esfuerzo.

George Sand (Amandine-Aurore LucilleDupin, Baronesa de Dudevant) a Gustave Flaubert 14 de septiembre de 1871



Y que, ¿quieres que deje de amar? ¿Quieres que diga que he estado equivocada toda mi vida, que la humanidad es despreciable, odiosa, que siempre lo ha sido y siempre lo será? ¿Y tú desprecias mi angustia como una debilidad y un pesar pueriles por una ilusión perdida? ¿Afirmas que la gente siempre ha sido feroz, el sacerdote siempre hipócrita, el burgués siempre cobarde, el soldado siempre bandolero, el campesino siempre un estúpido? Dices que has sabido todo eso desde tu juventud y te regocijas por no haberlo dudado nunca, porque la madurez no te haya traído ninguna decepción; ¿es que no has sido joven? ¡Ah!, somos totalmente diferentes, porque yo nunca he dejado de serlo, si ser joven es amar siempre.
¿Qué, entonces, es lo que quieres que haga, para aislarme a mi misma de los de mi clase, de mis compatriotas, de mi raza, de la gran familia en cuyo seno mi propia familia no es más que una espiga en el campo de toda la tierra? ¡Si al menos esta espiga pudiera madurar en un lugar seguro, si al menos una pudiera, como tú dices, vivir para algunas personas privilegiadas y separarse de las demás!
Pero es imposible, y tu razón, tan sensata, se lanza a levantar las más irrealizable de las utopías. ¿En que edén, en que fantástico el dorado esconderás a tu familia, tu pequeño grupo de amigos, tu felicidad intima, para que las laceraciones de la sociedad y los desastres del país no le alcancen? Si quieres ser feliz con algunas personas, ellas, las preferidas de tu corazón, tienen que serlo por sí mismas. ¿Y pueden? ¿Puedes darles la más mínima seguridad de ello?
¿Encontraras un refugio para mí en mi vejez que está acercándose a la muerte? ¿Y qué diferencia hay ahora entre la vida y la muerte para mi misma? Supongamos que morimos absolutamente, o que el amor no nos sigue a la otra vida, ¿no seremos capaces de vivir hasta nuestro último aliento atormentados por el deseo, por la necesidad imperiosa de asegurar a aquellos que dejamos detrás toda la felicidad posible? ¿Podemos irnos a la cama tranquilamente cuando sentimos la tierra agitada dispuesta a tragarse a todos aquellos por los que hemos vivido?
Una vida feliz continuada con la propia familia, a pesar de todo, es sin duda un bien relativamente valioso, el único consuelo que uno puede y debe disfrutar. Pero incluso suponiendo que el mal exterior no penetrase en nuestra casa, lo cual es imposible, tú lo sabes muy bien, no podría aprobar la aceptación de la indiferencia hacia lo que causa la infelicidad publica.
Todo eso estaba previsto…Si, ciertamente, ¡lo había previsto tanto como cualquier otro! Vi levantarse la tormenta.
Era consciente, como todos los que no viven sin pensar, de la evidente aproximación del cataclismo. Cuando uno ve al paciente retorciéndose en la agonía, ¿hay algún consuelo en entender su enfermedad completamente? Cuando cae el rayo, ¡nos tranquilizamos porque hemos oído el estrepito del trueno mucho tiempo antes?
No, no la gente no se aísla, los lazos de sangre no se rompen, la gente no maldice ni desprecia a su clase. Humanidad no es una palabra vana. Nuestra vida se compone de amor y no amar es dejar de vivir.

¡Noches salvajes, noches salvajes!

Si estuviera contigo

¡Las noches salvajes serian nuestro placer!

Remando en el Edén

¡Ah, el mar!

¡Qué puedo hacer más que echar el ancla –esta noche-

En ti!


Emily Dickinson