Y que, ¿quieres que deje de amar? ¿Quieres que diga que he
estado equivocada toda mi vida, que la humanidad es despreciable, odiosa, que
siempre lo ha sido y siempre lo será? ¿Y tú desprecias mi angustia como una
debilidad y un pesar pueriles por una ilusión perdida? ¿Afirmas que la gente
siempre ha sido feroz, el sacerdote siempre hipócrita, el burgués siempre
cobarde, el soldado siempre bandolero, el campesino siempre un estúpido? Dices
que has sabido todo eso desde tu juventud y te regocijas por no haberlo dudado
nunca, porque la madurez no te haya traído ninguna decepción; ¿es que no has
sido joven? ¡Ah!, somos totalmente diferentes, porque yo nunca he dejado de
serlo, si ser joven es amar siempre.
¿Qué, entonces, es lo que quieres que haga, para aislarme a
mi misma de los de mi clase, de mis compatriotas, de mi raza, de la gran
familia en cuyo seno mi propia familia no es más que una espiga en el campo de toda
la tierra? ¡Si al menos esta espiga pudiera madurar en un lugar seguro, si al
menos una pudiera, como tú dices, vivir para algunas personas privilegiadas y
separarse de las demás!
Pero es imposible, y tu razón, tan sensata, se lanza a
levantar las más irrealizable de las utopías. ¿En que edén, en que fantástico el
dorado esconderás a tu familia, tu pequeño grupo de amigos, tu felicidad
intima, para que las laceraciones de la sociedad y los desastres del país no le
alcancen? Si quieres ser feliz con algunas personas, ellas, las preferidas de
tu corazón, tienen que serlo por sí mismas. ¿Y pueden? ¿Puedes darles la más mínima
seguridad de ello?
¿Encontraras un refugio para mí en mi vejez que está acercándose
a la muerte? ¿Y qué diferencia hay ahora entre la vida y la muerte para mi
misma? Supongamos que morimos absolutamente, o que el amor no nos sigue a la
otra vida, ¿no seremos capaces de vivir hasta nuestro último aliento
atormentados por el deseo, por la necesidad imperiosa de asegurar a aquellos
que dejamos detrás toda la felicidad posible? ¿Podemos irnos a la cama
tranquilamente cuando sentimos la tierra agitada dispuesta a tragarse a todos
aquellos por los que hemos vivido?
Una vida feliz continuada con la propia familia, a pesar de
todo, es sin duda un bien relativamente valioso, el único consuelo que uno
puede y debe disfrutar. Pero incluso suponiendo que el mal exterior no
penetrase en nuestra casa, lo cual es imposible, tú lo sabes muy bien, no podría
aprobar la aceptación de la indiferencia hacia lo que causa la infelicidad
publica.
Todo eso estaba previsto…Si, ciertamente, ¡lo había previsto
tanto como cualquier otro! Vi levantarse la tormenta.
Era consciente, como todos los que no viven sin pensar, de la
evidente aproximación del cataclismo. Cuando uno ve al paciente retorciéndose en
la agonía, ¿hay algún consuelo en entender su enfermedad completamente? Cuando cae
el rayo, ¡nos tranquilizamos porque hemos oído el estrepito del trueno mucho
tiempo antes?
No, no la gente no se aísla, los lazos de sangre no se
rompen, la gente no maldice ni desprecia a su clase. Humanidad no es una
palabra vana. Nuestra vida se compone de amor y no amar es dejar de vivir.